EPILOGO … sobre como me fui del lugar donde nunca quise estar…

14Jun/100

un hombre solo no puede hacer nada

(antes de escribir en este blog, escribí varios cuentos sobre mi experiencia en el mercado... Dos de ellos fueron editados y publicados en antologías un tanto menores, pero no por eso despreciables. Esto que sigue es uno de esos relatos.)

El primer día de trabajo el jefe me llevó a recorrer el salón de ventas. En el mini tour que duró apenas diez minutos el hombre se deshizo en una maraña de ademanes en las que señaló productos, estableció responsabilidades y remarcó el culo de alguna cliente y el escote de otra. Me indicó precisamente cual era mi sector, “todo este pasillo” dijo y sus brazos se movieron uno paralelo al otro; “este es tu sector, con el tiempo…” y con ese –tiempo- se refería a un par de semanas, “…vas a responder por todo lo que pase acá” y me palmeó la espalda. Dos veces.

De ese día pasaron ya seis años. ¿Y sabes algo? Recién hoy me cayó la ficha. Hoy llegué y me di cuenta que no sólo respondo por mis errores sino también los de mis compañeros; recién hoy me di cuenta que no rendí más que dos finales en la facultad y que a esta altura ya tendría que estar recibido. Cuando empecé tenía claro que era por unos meses, o al menos eso creía yo. Pero acá estoy; acá me ves. Todavía con el pantalón marrón y la remera azul con el logo del precio más bajo en la espalda. Hasta llegué a ponerme contento porque mis vacaciones aumentaron con la antigüedad. Esa tarde me desconocí y un nudo a la altura del esternón no me dejó cenar y apenas dormir unas horas.

Y hoy llegué y estoy seguro que ya no quiero saber más nada con lo que pasa en este lugar, veo a los clientes y siento ganas de vomitar, me parecen caníbales que buscan desesperados conseguir algo que anestesie esa falta constante que provoca el consumo sin fin. No compran nada realmente necesario. Son terribles… una vez que consiguen el “chiche” que quieren, dejan automáticamente de quererlo y quieren otro. Es una reacción en cadena adictiva que no tiene ni fin ni paz; como una bola de nieve que no cesa de crecer y gira cada vez más ligero, y sigue y sigue girando hasta el día en que ya no hay nada por comprar. Es cuando los demás les compran las últimas cosas, un cajón de madera, un nicho y docenas de flores que se secan como ellos dentro del ataúd. Los demás gastan y tienen para con ellos atenciones en infinidad de detalles que no tuvieron en vida.

Mirá ahí, ese es mi lugar de laburo, “el pasillo” que me mostró mi jefe el primer día. Durante horas y días lo he mirado en busca de detalles para evitar sus retos. Pero ahora no veo más que un pasillo. A lo largo están los muebles que vendo, al final, contra la última pared están los colchones. ¡Cómo son los clientes, por dios! Arriba de cada uno de los colchones exhibidos hay un cartelito que dice “NO TOCAR, CONSULTE A UN VENDEDOR”. Pero para qué está, no se. Hay adultos que llegan mirando para todos lados y temerosos sólo apoyan una parte del traste. Casi esperan que alguien los reprenda. Hay otros que les importa menos y se acuestan plácidamente y le dicen a la persona que los acompaña que se quedarían a dormir ahí y llevan las manos a la nuca y mueven los pies en círculo. Los peores son los chicos que apenas divisan la tela Jaccard se quieren tirar (y se tiran) arriba y saltan y rebotan; y muchos imitando la conducta de sus padres, quieren comprarse uno para su habitación, pero también, como sus padres, a los pocos minutos ya han visto otra cosa y es otra cosa la que quieren y el colchón queda olvidado.

¡Qué cara!, eso que te conté no es nada. Una tarde, vino una pareja en busca de una mesa para televisor. Yo estaba en la merienda y el jefe me fue a buscar al comedor para que los atienda. Cuando voy llegando veo a Luciano, viste el chico alto de anteojos y rulos. Bueno, lo veo que habla con un cliente y me señala. El hombre tenía unos treinta y cinco años, saluda a Luciano y gira levemente sobre sus pies, sin sacar las manos de los bolsillos de su pantalón de vestir me chista “chssst”, y yo nada, sigo caminando. Me vuelve a chistar, pero en vez de emitir un sólo sonido, lo hace en varios intervalos más cortos que el anterior, “chssst, chssst, chssst”. Y yo, nada. Da un paso hacia delante y dice con voz fuerte y almidonada, “flaco,…, flaco” y yo, nada. En ese momento pensé que por algo me pusieron nombre.

Seguí caminando hasta mi sector. Entre las exhibiciones de los muebles el aire seguía irrespirable por el perfume de la señora que había atendido antes de la merienda. Estaba yo y este cliente que no se dignaba a acercarse y me llamaba desde un poco más de veinte metros con una mano en el bolsillo y la otra en su celular con un dedo gordo impasible, indiferente a todo lo que pase a su alrededor, digitando sin cesar. Me ganó por cansancio y terminé acercándome. Lo escuché decir “disculpame” luego de una pausa fugaz que para mí fue interminable. Acto seguido reprochó, “te estaba llamando”. A lo que respondí poniendo en práctica todo el protocolo de atención mercantil, “buenas tardes, ¿que necesita el señor?”. Imaginate en mi cara una sonrisa Kolynos (cosa imposible con estos dientes chuecos) y una mirada directa en los ojos, una mirada honesta y sincera, una mirada que la tenemos que dar nosotros, los empleados, porque a los dueños (un grupo inversionista inmenso e intangible) al que se le debería caer la cara de vergüenza por tener precios altísimos, productos en mal estado y toda una estrategia legal para no perder ni medio metro de ventaja. Pero no, no tienen vergüenza, todo les chupa un huevo.

...Te estaba llamando” repitió el hombre, tenía la cara sebosa y el pelo brillante por el gel que lo sujetaba. El primer botón de la camisa estaba abierto y dejaba asomar unos bellos negros y enrulados. “necesito un mueble… una mesa para tevé”. Caminamos hasta donde estaba el mueble. Allá, donde estaba el objeto inefable para el caballero, que durante el trayecto trató y trató de describir, estaba su mujer, flaca, con los hombros hacia delante y una nariz de gancho que tranquilamente podía pertenecer a dos personas. “Miamor quiero esta mesa de tele” dijo señalando una que se encontraba a su izquierda, y que en nada se parecía a la que él había descrito, tenía una voz tan aguda y gutural que casi perforó mis tímpanos.

No me voy a tirar, quedate tranquila, esta es mi covacha. Cuando todo estalla y es una marea de gente que va y viene sin parar yo aprovecho para escaparme. Aunque sea quince minutos. Fumo uno o dos cigarrillos, cierro los ojos y me olvido de todo. Ya hace un año que me subo a esta parte del tinglado. Acá estoy tranquilo y si tengo ganas leo un poco.

¿En qué estábamos? Sí, te contaba de la mina que tenía nariz de gancho. Resumiendo un poco, hizo que yo le cargara y descargara la mesa en el changuito unas cuantas veces para después decirme que el color no le combinaba, que era fea la calidad y que tenía defectos, que estaba golpeada. Se me terminó la paciencia y le puse la mejor cara de culo que pude. ¿Para qué? En ese momento comenzó a gritarle al marido “¡por qué no me defendés, mirá la cara que me puso este negro, es un maleducado, es un negro, eso es, y claro vos no haces nada, boludo, y este negro se ríe de mi, y vos nada boludo boludo, se ríe de mi, boludo”. Ahí estaba yo, parado sin saber bien que hacer, hasta que di media vuelta y me fui.

Mirá aquella esquina donde comienzan los lavarropas. Esa es la esquina de los novios. ¿Que pasa? sí, es cosa mía, pero si prestas atención, cada dos por tres vas a ver como se repite el ritual de los novios. Aunque te parezca mentira todas las parejas que vienen parecen calcadas. Primero, miran los electrodomésticos y los eligen tomados de la mano y después se besan. Previamente, ellas piden casi rogando ese microondas que hace juego con los muebles de la cocina o el televisor para la habitación. Es un juego al que ellas solas se someten, y él después de unas supuestas “idas y venidas”, un poco de suspenso de cuarta, le termina diciendo que sí. Ella lo abraza, y si él es más alto, ella se cuelga del cuello y echando la cabeza hacia atrás se ríe y le agradece. El clímax llega cuando después de todo el ritual dan una vuelta en cámara lenta sobre sí mismos.

Igual, toda regla tiene su excepción. Una tarde atendí una pareja que yo supuse tendrían unos veinte años de casados, (durante la venta, el señor me dijo que eran veintidós los años de casados, “hace veintidós años que me banco a la bruja”) se llevaban a las patadas. Esa tarde, como todas desde que estoy acá, estaba reponiendo y el hombre como si se dirigiera a un mozo levantó la mano y con el dedo índice en alto, sin decir una palabra, hizo un gesto. Una mueca pétrea: dos labios grises, las comisuras de la boca hacia abajo y las cejas que se alzaban a alturas desparejas. Me dijo “pibe quiero un mueble destos” y miró a la mujer “¿para la cocina, no?”

La mujer sin levantar la vista respondió de un tirón “lavadero” y acercándose un poco a mí e ignorando completamente a su marido me dijo, “si me voy a pasar la mitad de mi vida ahí metida, quiero tener lindos muebles”, y pasó un dedo por la tabla blanca dejando una estela en la madera y una yema negra de polvillo. “¡Están sucios!”, dijo, a lo que yo respondí apelando al ya gastado y memorizado speech de atención, “buenas tardes señora, en que la puedo ayudar”. Lo único que no pude hacer fue mirarla a los ojos, habría llorado mucho, pero también me habría reído mucho. Las risas por esas bolsas que colgaban de sus ojos, las grietas por las que abrevaban las lagañas durante la noche y unos bellos blancuzcos que se extendían desde el centro de la nariz hasta la parte superior del labio. El llanto porque ya no quiero sentirme así.

Vas a pensar que soy un maricón, pero no siempre pienso esto. Hubo veces en que imaginé que incendiaba el mercado, recorría uno a uno los depósitos y encendía una pequeña llama que ardía rápidamente, y mientras el fuego crecía yo subía a esta parte del techo y lo veía arder. También soñé que tomaba como rehenes a los jerárquicos. Empezaba por el rengo gerente de la parte de Bazar. Lo ataba contra una columna y lo molía a golpes. Después seguía por el gordo culón, otro gerente de lo más forro. Y por último caían los jefes. El sueño era muy real, yo arrastraba a los soretes de los pelos y la gente de seguridad me miraba atónita, se codeaban unos a otros pero no hacían nada. Muchos empleados aplaudían y otros aprovechaban para irse. Una minoría sin dar un metro de ventaja saqueaba las góndolas y salían corriendo.

No soy ni loco ni maricón sabes, sólo pienso cosas que ha pensado más de uno acá adentro, pero que nadie se anima a decir. Pero yo confío en vos, confío mucho, por eso te cuento estas cosas. Espero que no cuentes nada de lo que viste acá arriba ni que le digas a los jerárquicos lo que viste acá. Porque que yo no piense en tirarme no me impide tirarte. Te queda claro eso ¿no?

Vos andá que yo ahora bajo…además se juntó gente ahí en la parte de los colchones.

(Publicado en la antología EL MUNDO DEL TRABAJO, Historias de Vida. Concurso organizado por la CTA Neuquén.)


Archivado en: Devaneos Sin Comentarios
10Jun/100

sisifo

(antes de escribir en este blog, escribí varios cuentos sobre mi experiencia en el mercado... Dos de ellos fueron editados y publicados en antologías un tanto menores, pero no por eso despreciables. Esto que sigue es uno de esos relatos.)

Esto no es preludio de nada”, pensó Gregorio y le acarició el pelo. Miró por la ventana y vio como el sol caía sobre el asfalto, la besó apenas en los labios y ella entreabrió los ojos. Volvió a pensar «esto no es preludio de nada» y lentamente se levantó de la cama tratando de no despertarla. En el baño abrió el agua caliente y se afeitó, hacía meses que no se podía dejar la barba a pesar de que solían decirle que sin pelo en la cara parecía unos cuantos años menor. Pero las ojeras que se dibujaban bajo sus ojos decían todo lo contrario, eran dos manchas violáceas con forma de medialuna que se depositaban sobre los pómulos.

Abrió la heladera y el frío lo abrazó y alivió el agobiante calor del primer mes del año, por esa época sentía que el sudor se acumulaba en su nuca y no lo dejaba ni dormir, ni respirar. La ducha helada era el único alivio, pero duraba los minutos que se mantenía bajo el agua. Una vez fuera, el calor cargaba con todo sobre su espalda posado en su nuca sudorosa. Dejó la puerta de la heladera abierta durante unos momentos para sentir el gélido aire del aparato mientras se servía un vaso de leche.

Gregorio estaba sentado en la mesa del comedor y sostenía su cabeza con una mano y con la otra un vaso de leche, entornaba los ojos por el sol y pensaba en todo aquello que podría hacer y dejaría de hacer por ir al trabajo. Recordó lo que un amigo le había dicho días antes de empezar a trabajar, “con la plata del trabajo vas a poder hacer muchas cosas”, y sin dar a la luz a ningún gesto se dijo, “¿con qué tiempo”?

Preparó el bolso con las cosas del trabajo, guardó el uniforme con la vianda mientras pensaba que ahí acababa su día. Sin embargo sabía que una vez en el hipermercado esa angustia desaparecería y se dejaría absorber por las obligaciones que le imponía su labor. Pero después sobrevendría la noche, con los dolores del cuerpo, el sueño que embate con todas sus fuerzas, y en su casa, cenar con ella, compartir unos momentos, y comenzar a tener sueño, a dormirse, a dejarla hablando sola. Y otra vez la mañana y la esperanza del cambio, y las ganas de hacer algo. Pero su vida fuera del trabajo se había convertido en un reloj finamente ajustado, tantos minutos para desayunar, después otros tantos para prepararse el uniforme y estar a la hora de siempre en la parada del colectivo.

Llegó al refugio del colectivo trotando, tenía dos minutos de atraso, pero la gran cantidad de gente que esperaba demoró la partida. Miles de gotitas se condensaron en su espalda después que sacó el boleto debido al calor que generó su cuerpo con la corrida y la humedad de la mañana. La remera se pegaba a la espalda y en las axilas se dibujaron unas aureolas redondas. Levantó la vista y sintió nauseas. Vio un montón de chanchos todos apretados, pugnando por un pedazo de suelo en el pasillo, encerrados en un carro de metal que viajaba a toda velocidad y que, en cada parada, seguía sumando olorosos animales al chiquero.

El colectivo ingresó en la avenida principal de la ciudad y levantó velocidad. Gregorio se aferró del barral de acero que se extendía por el techo para no caerse, su mano resbalaba por el sudor. El olor pestilente llegaba a su nariz de a ráfagas, era un olor entre cebolla y jazmines. Buscó y vio a su lado una mano de uñas largas y rojas que sostenía, en el vaivén del viaje, un ramillete de jazmines que se presionaban contra un pecho de mujer que dejaban marcas de agua en el escote. La señora intentaba sostenerse del pasamanos y contraía los músculos del brazo dejando en evidencia, en cada sacudón, colgajos de piel arrugada y fláccida. La axila, al descubierto, estaba húmeda y con algunos vellos sudorosos. Gregorio tragó saliva para no vomitar.

Todo eso era el viaje diario, todo eso y conseguir monedas, llegar a horario, rogar que el conductor espere que las personas bajen para volver a arrancar. El viaje era tortuoso, sentir el calor, oír a las mujeres que reclamaban un asiento y los otros (tanto varones como mujeres) que no lo cedían, ver los ancianos como tardaban en subir los tres escalones y al chofer que los insultaba. Y por sobre todo a los hombres que en medio de ese chiquero se arrimaban a las mujeres y les hacían sentir su virilidad, y ellas, agotadas de lo mismo día a día, apenas se sacudían un poco para sentir menos asco.

Su comportamiento con el paso de los meses se fue asemejando al de los demás pasajeros. Dejó de preocuparse por los demás y ahora cuidaba su asiento, no quería que nadie lo empujara y apenas se hacía a un lado cuando alguien se lo pedía. Su cara fue tomando tonos grises, sus ojos se empequeñecieron y fueron perdiendo luz, y las sonrisas que podía prodigar eran cada vez menos. Cada día que pasaba la angustia crecía más y más. Y cada día más y más se sentía un aceitado y eficiente engranaje.

Bajaba del transporte y día a día recorría la playa de estacionamiento para llegar a la entrada del personal. Ese trayecto en el mes de Enero era tortuoso e interminable y cada paso sobre ese playón de asfalto que se derretía bajo el rayo del sol le hacía sentir en las comisuras de la boca las gotas saladas de sudor que caían desde su frente. Sentía asco de sí mismo.

Dentro del mercado la historia era otra, pero el asco era el mismo, se empezara por donde se empezara el asco que sentía por los chanchos con uniforme no cambiaba con el paso del tiempo. Parado a un costado de un pallet repleto de papel higiénico miraba la mercadería en las góndolas acomodada de tal manera que simulara abundancia. Las paredes y los decorados eran tan artificiales como la ilusión de que siempre es de día ahí dentro. Vio pasar a algunos compañeros con su jefe y sintió asco.

Salió caminando tras ellos para hablar con su jefe y vio a una pareja que compraba un lavarropas. Ella trataba que sus tres hijos no se fueran corriendo por los pasillos, y el marido perdía su mirada en el escote de la vendedora que los atendía. Apuró el paso hasta donde estaba su jefe y volteó hacia el matrimonio y ahora la mujer lo miraba a él. Gregorio se sonrió y habló con su superior.

Volvía a donde estaba el pallet de papel higiénico y en el pasillo de los detergentes se cruzó con uno de sus compañeros que lo saludó con apretón de manos, un beso en la mejilla, y unas palmadas en la espalda. Este mismo, unos meses atrás en la cena de fin de año, se tomó el trabajo de criticar a cada uno de los que estaban en la mesa cuando se levantaban para ir al baño. Y así escuchó en más de una oportunidad sus cuchicheos cuando pasaba cerca, su risa burlona, su mirada en busca de defectos. Cuando nada de eso le venía a la mente al compañero apelaba al chiste fácil que siempre incluía a hermanas, madres o novias.

Las doce horas diarias de trabajo eran un constante discurrir de pensamientos que no podía compartir con nadie. Cuando intentaba acercarse a ellos, notaba que sus compañeros pensaban en otras cosas, y hablaban de otras cosas. Hubo días en que pensó que hablaban otro idioma. En ese instante recordó lo que su padre le había dicho “el trabajo dignifica”. Pensó en eso.

Acababa de terminar de acomodar los rollos de papel cuando dos señoras revolvieron todo como aves de rapiña en busca de carroña. Sentía que su padre se había equivocado, no se reconocía en lo que hacía. Cada labor a la que se dedicaba unos minutos era desecha por los clientes, y porque terminar una tarea, bien o mal, no era una felicitación, sino una nueva orden, y por ende una nueva tarea y una nueva responsabilidad.

Cuando las señoras carroñeras se marcharon Gregorio se dispuso a ordenar un poco antes de emprender otra labor. En estos momentos de sopor Gregorio se detenía y miraba a ambos lados y se atrevía a ponerse las manos en los bolsillos, pero duraba un abrir y cerrar de ojos, sólo el tiempo de una inspiración, ya que enseguida alguien colocaba uno de sus dedos sobre su hombro y se escuchaba esa frase de corrido que todos los clientes repetían, “… ¿te hago una pregunta?...”. Gregorio acostumbrado, les otorgaba una mirada vacía, como si no existiera otra cosa en el mundo más que ellos.

Al caer la noche el ritmo del trabajo ralentizaba y su cuerpo comenzaba a abandonarlo. Sus articulaciones se enfriaban y apenas podía cerrar los puños y ponerse en cuclillas. La noche de verano era tan agobiante como el día, el cielo estaba estrellado y no corría una sola gota de viento. Llegó a su casa y derrumbado sobre la silla cenó en silencio. En ese momento los ojos le arden y todo el cansancio del día se deposita en su nuca, y el calor se vuelve más insoportable. La ducha es el único alivio que le queda. Con la cabeza húmeda se acuesta sobre su almohada y duerme, pero no descansa, sueña con el trabajo y se repite.

Otra mañana discurre y el sol entra por la ventana. Gregorio apoyó las manos sobre la pileta del baño y se refregó los ojos. Miró la hora en su reloj pulsera y respondiendo como una máquina sacó la cuenta que cuantos eran los minutos que tenía para afeitarse, y bañarse para ir a trabajar al supermercado. El sudor se acumulaba en su nuca y el calor pesaba sobre sus hombros. Abrió la ducha y se asomó a la puerta de su habitación para ver si su novia dormía. La vio hermosa como todas las mañanas.

Pensó, «esto no es preludio de nada».


(Publicado en la antología  "Y el trabajó contó un cuento", organizado por el Ministerio de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires, 2007).

18May/104

textual

POR MEDIO DE LA PRESENTE LE COMUNICAMOS QUE PRESCINDIMOS DE SUS SERVICIOS A PARTIR DEL DÍA DE LA FECHA. HABERES FINALES Y CERTIFICADOS DE LEY EN PLAZO LEGAL.

LE RECORDAMOS QUE A LOS EFECTOS DEL COBRO DE SU LIQUIDACIÓN FINAL, USTED DEBERÁ DEVOVLER EN SU LUGAR DE TRABAJO, SU UNIFORME, ELEMENTOS DE SEGURIDAD, CREDENCIAL DE IDENTIFICACIÓN Y/O TODO OTRO ELEMENTO PROPIEDAD DE LA EMPRESA QUE LE FUERA PROVISTO PARA EL CUMPLIMIENTO DE SUS TAREAS.

QUEDA USTED DEBIDAMENTE NOTIFICADO.

Archivado en: Devaneos 4 Comentarios
18May/100

epilogo II (arriba)

Sin saber que era mi último día volví a trabajar. Apoyé el dedo sobre el lector infrarrojo a las seis clavadas y más puntual que en los últimos meses, atravesé el pasillo hacia los vestuarios. En mi bolsilló el celular repicó. “Suerte!! ”, decía el mensaje de MB* y fue el primer aliciente de esa manaña que yo no pensaba sería la última y que se parangonaba con el recomenzar de la rutina de los últimos cuatro años.

En la oficina me saludaron con abrazos, chistes y una intenta de golpiza que se deshizo en la misma intención. A la brevedad surgieron las especulaciones sobre si me iban a despedir o si todo seguiría como siempre: rutinario y monótono. Mis compañeros, supusieron que no pasaría nada, que yo me vería obligado a tener que trabajar todos los días. Sin demasiado ánimo me acoplé a un inventario liviano y me dediqué a hablar con todos los que pasaban cerca. A las seis de la mañana, el salón estaba tan vacío que recorrí las góndolas con paso lento y cansino y a medida que fueron llegando los demás empelados fui saludándolos y entablando mínimas charlas contaminadas por profusiones de chistes sobre mi posible estado futuro y el humor de mi jefe.

A las siete se prendió la música funcional y entró la primer camada de empleados que trabaja en el bazar. El silencio del salón se interrumpió con un puñado de típicas canciones de FM y con la voz de los primeros trabajadores que comentaban, entre otras cosas, algunas de las nimiedades que había transmitido la televisión la noche anterior. Antes que pasara media hora llegó el gordo y, no sin sorpresa, me saludó con un apretón de manos laxo y desatento. Pero pasaría algo más de una hora hasta que llegara el enfrentamiento.

Nosotros terminamos de inventariar al salón y dimos una vuelta por el depósito. Yo seguí con mi circuito de saludos y bromas, comunicando, a algunos, mi esquema de licencias para evitar trabajar en las semanas que seguían. La aprobación de los escuchas se manifestaba cuando reían y asentían con la cabeza. En la prevía del desayuno fui a dejar mi LDT (la pistola con la que hago inventarios) en la vitrina y el gordo, desde atrás de su escritorio, ensayando una voz resquebrajada y unos ojos de muchachón defraudado, me interpeló.

(La discusión duró más de una hora, pero fue repetitiva y versó siempre sobre lo mismo. A los fines narrativos sólo reproduzco algunas partes)

- ¿por qué? - preguntó con suavidad mientras aplastaba la última vocal…

- ...

- ¿por qué dijiste eso?

- Porque así me sentí yo...

- Pero yo nunca te hice eso. - Arguýo falsamente culposo.

- Vos decí lo que quieras – respondí – así me sentí yo y vos no lo podés desmentir.

- Pero yo te traté como nadie – alegó y le faltó decir que me quiso como a un hijo.

- ...¡qué decís!...por favor

- Tuviste siempre mi apoyo porque estudiabas...es más – hizo una pausa y puso sus ojos en modo brilloso. - Siempre te felicité porque estudiabas y porque tenías un proyecto propio.

- No mientas – yo seguía parado frente a su escritorio y podría haber vociferado y gritado pero la burla me pudo más y solté una risita socarrona. - Si fuiste el primero en fastidiarte cuando me tomaba los días por examen.

- Pero...

- Ni hablar de los feriados, que cuando me los tomaba me tenía que fumar tu cara y tus comentarios

- Pero...que decís, que comentarios

- Las amenazas, esas que tirabas todo el tiempo.

- Estás mintiendo. - replicó.

- Siempre decías - no pude evitar elevar el tono de voz, - que nosotros reclamábamos nuestros derechos pero nunca nos ocupabámos de los deberes. Y que un día nos iba a tocar

- Pero...yo me siento defraudado

- No sigas sí, defraudado de que...ahora yo no me puedo sentir mal. Tengo derechos a gozar una licencia si me siento mal.

- Yo confiaba en vos – siguió hablando tratando de ejecutar su plan de víctima. - yo te apoyé como nadie, te dejé pasar a este sector para que puedas estudiar. Yo te tenía allá arriba...y ahora, ahora; ahora no se.

Cuando el cinismo se tornó excesivo opté por poner las manos en la cintura y tomar la vía rápida. Comencé a asentir y a darle la razón. Sí, darle la razón, como a los locos o a los hijos de puta. Y terminé diciendo, y simulando bajar la guardia, que cada uno tenía su punto de vista. El gordo, como todo farsante hablador que se precie de inteligente pero que deja mucho por desear, siguió repitiendo su apoyo a mi condición de estudiante. Tomé aire y le comuniqué, formalmente, que la semana próxima tomaría cuatro días de licencia por examen. Él, tragó profundo y sólo atinó a decir “bueno”.

Ese mediodía, veinte minutos antes de las catorce horas, me enviaron el telegrama prescindiendo de mis servicios. Telegrama que llegó el lunes por la mañana a mi depto y que cerró, de una vez, esto que comenzó aquel caluroso viernes cinco de noviembre de dos mil cinco.

Archivado en: Devaneos Sin Comentarios
14May/101

epilogo

La relación con el médico de la empresa fue variando en intensidad y en matiz con el paso de los días. De ser un ferviente opositor a mi licencia, de pedirme que le muestre la medicación y tenderme algunas trampillas para ver si lograba poner en evidencia la falsedad de mi estado de salud, pasó a preocuparse, o simular preocupación, por mi salud y a despotricar contra los jerárquicos de la empresa. Esto fue hasta ayer jueves, cuando se convirtió en una planta. Un potus o un helecho da igual. No sólo ignoró mi estado de salud sino que se limitó a extenderme el borroso certificado de mi visita.

Hoy le llevé el alta médica de mi psiquiatra para poder así reincorporarme el día sábado y esperar algo que puede denominarse como el momento determinante. Esto que deseé en el primer post. A partir de mañana voy a ver si, tras dos meses de licencia y una conducta poco apropiada para la medida del empleado promedio, acumulé los suficientes méritos para conseguir que me despidan.

Junté las moneditas y las dejé separadas en un bolsillo de la campera para no tener que salir a comprar algo a último momento con la excusa de conseguir dinero metálico. Si no hiciera tanto frío cruzaría la ciudad y llegaría hasta el mercado en bicicleta, pero desde que se pinchó en Marzo no volví a subirme. Sigue apoyada contra una pared, cerca de la estufa, en mi departamento, la corro únicamente para limpiar el piso. No está abandonada ni mucho menos, mi relación con las bicicletas tiene épocas. Tuve algunas, como este verano, que no me bajaba ni un segundo, y meses durante los cuales, la grasa de la cadena se cubrió de polvillo y telarañas.

Mi afición por los rodados comenzó antes de los siete años, después de ver una peli para pequeños donde un montón de muchachones hacían piruetas en bicicross y pedaleaban batiendo la bicicleta hacia los costados. La primera bici llegó un domingo de agosto, el primero, por aquellos años todavía no habían pasado el día del niño al segundo. Era un rodado veinte azul con tenía unas tazas blancas que cubrían los rayos de las ruedas. La horquilla y el manubrio también eran blancos y unas pocas estrellas desperdigadas de color dorado cubrían pocos centímetros del cuadro.

Pensé que hacer las piruetas de la película era tan fácil como verlas, pero, al doblar en cada esquina, no pude evitar el suelo y machucar los manillares que no sólo se despintaron sino que se oxidaron en cuestión de semanas. Sin embargo, los golpes más fuertes llegaron cuando entré en confianza con el vehículo, y cuando me confié de lo que yo creía que podía hacer. Así fue que en quinto grado, mientras hacía mal uso de las willys y de los saltos de cordones, terminé con la cara en el piso y con dos puntos en la pera.

Un año antes, mientras corría una vertiginosa carrera, vertiginosa para lo que puede ser la velocidad que puede desarrollar un niño de cuarto grado en su bicicleta, por la plaza de los bomberos, tras una inesperada caída, terminé fisurando mi antebrazo izquierdo. Pero esta lesión tuvo un tiempo particular. Tuvo, por así decirlo, dos etapas: la primera, durante la carrera y la segunda, una semana después, en mi casa, mientras esperaba el transporte público.

La plaza de los bomberos, a diferencia de la plaza de cualquier pueblo histórico y clásico de la provincia de Buenos Aires, no se encuentra entre la municipalidad, la iglesia y el banco, sino entre la biblioteca pública y el cuartel de bomberos. Es un predio cuadrangular, que tiene cubierta una de sus mitades por una arboleda de pinos y en la otra con un anfiteatro y una loma cubierta de césped que se cubre de banquitos de madera en cada evento. Contra uno de los vértices hay una plazoleta con un tobogán, unas hamacas y dos calesitas chiquititas. Enmarcándola, unos ladrillos forman un sendero que se ramifica interconectando y atravesando la plaza por el medio.

Esa tarde, era una desolada tarde de primavera, una primavera tardía que todavía no había comenzado a florecer y con Rafa dábamos vueltas alrededor del sendero, corriendo una carrera que no tenía ni largada ni meta final, que consistía en pasarse infinitamente, una y otra vez. Cerca de uno de los vértices de la cuadrangular plaza, antes de doblar, logré pasarlo, pero consecuencia del mal cálculo me despisté del ríspido sendero. Cuando traté de volver, la rueda de mi rodado 20 mordió el borde de los ladrillos y quedé tendido en el piso. Rafa, que me seguía como mi sombra, no pudo evitar mi antebrazo que había quedado a mitad de camino.

La segunda etapa es menos emocionante y mucho más ridícula. Mi madre acostumbraba a revisar los detalles de mi aspecto físico en los pocos minutos que quedaban hasta la llegada del transporte público. Si mis zapatos estaban lustrados, si mi delantal o mi blazer tenían todos los botones y mis uñas, si estaban limpias y prolijamente cortadas. Para desgracia mía, ese mediodía, las uñas de mi mano izquierda estaban un poco largas y con tierra por debajo. Mamá salió despedida a buscar el cortauñas que esperaba en el costurero de madera negro bajo su mesa de luz. Cuando llegó a mi lado, giró mi muñeca, con un simple dejo de mala suerte que mi antebrazo terminó de fisurarse y comenzó a hincharse. Esa tarde en el colegio no pude hacer demasiado, sólo quejarme ante los sordos oídos de las maestras que me trataron de exagerado. Veintidós días después me sacaron el yeso y ví mi brazo tan delgado que el cagazo de que algo así vuelva a suceder me alejó de la bicicleta por unos meses. Pero no lo suficientemente alejado para que un año después terminarán suturando mi pera.

Archivado en: Devaneos 1 Comentario
14May/102

de que hablamos cuando hablamos de amor

El factor sorpresa fue fundamental. Ella caminaba hacia los vestuarios. Salí de improviso de atrás de los libros y la detuve. “Sabés”, le dije, “necesito tu telefono...mañana te voy a llamar”. Ahora que lo pienso bien, que otra motivación podía tener para pedirle el teléfono.

Esa noche comencé a divorciarme de Georgina. y al otro día comenzamos a salir. Terminé refugiado en lo de Aki durante dos meses.  Aki es dueño del host donde este blog está afincado y unos de mis mejores amigos.

Ella tenía unas caderas redondas, delineadas por las manos de un artesano, una sonrisa que era un sol que blandía el más cálido de los veranos y un pelo lascio pero que igual solía planchar con asiduidad. Bailaba como sí un ángel la poseyera, besaba con la pasión contenida y su pubis era un vergel donde se podía dormir durante días.

Yo era el primero en acostarme. Me quedaba leyendo a la luz del velador mientras ella terminaba las dos o tres cosas que habitualmente hacía antes de venir a la cama. Hacíamos el amor con la sorpresa de quien día a día descubre algo nuevo. Hacíamos el amor con la necesidad de demostrarnos hasta donde podía llegar nuestro amor. Hacíamos el amor porque, uno adentro del otro, éramos mucho más que dos. Hablámos de amor y de todo porque suavizábamos las atrocidades del mucho.

Viví los mejores momentos con ella. Algunos de los más difíciles, y quizás si no la hubiera conocido, la vida dentro del mercado hubiera estado mucho peor. Quizás no. Las ucronías no cuentan, cuentan los hechos.

Reía con facilidad, pero no era tonta, era felíz.

Lloró con dolor, con tanto dolor que yo no pude contenerla.

Así dejamos de hacer el amor, de hablar de amor, de hablar y de suavizar el mundo. Nuestro mundo y todo desbarrancó por una pendiente inacabable.

No separamos antes de cumplir dos años de noviazgo.

Tratamos de volver, pero no funcionó. Incluso se puso cada vez peor. Mucho peor de lo que debía ser entre dos personas que alguna vez y en algún tiempo se quisieron.

Y aunque viví los mejores, se que sin ella hay mucho más por delante.

Las segundas partes nunca son buenas. Nunca

Y se terminó.

Archivado en: Devaneos 2 Comentarios
30Abr/100

por correo

Los primeros telegramas trajeron las noticias de mis obligaciones como empleado que goza de una licencia ambulatoria. Burocracia, pura burocracia, pero que debí cumplimentar para seguir teniendo las mañanas en mi casa.


La primera citación me llevó a la Capital Federal donde tras una breve entrevista con una psicóloga, que apenas se podía mover por lo ajustada de su ropa, quien me comunicó que no era necesario que la volviera a visitar.


Quince días después llegó un nuevo telegrama que me citaba un poco más lejos de La Plata; a la ciudad de Villa Ballester, a donde llegué tras preguntar a varios de mis amigos sobre la forma más eficiente de combinar el transporte público.


Con una puntualidad que no me caracteriza toqué timbre en el consultorio de una psiquiatra que nunca me dijo su nombre y comenzó a preguntar y a tipear datos en la notebook que se interponía entre nosotros. Se despidió fría y distante, como la lluvia que cayó esa mañana y yo emprendí el viaje de vuelta sin demasiadas espectativas.


Finalizado el primer mes de licencia y a la espera de una nueva convocatoria a un lugar de la provincia más inhóspito aún, viajé a mi pueblo con la única intención de meter los pies en el mar. Sin embargo, no fui con las manos vacías, llevé conmigo la somnolencia de una trasnoche, la reminiscencia de una fiesta y los resabios de un amanecer en buena compañía.


En Santa Teresita hice de tío y escuché repetidas veces la misma canción que mi sobrino hacía repicar en su celular. También estuve de hijo, almorcé con mi viejo, según manda una reciente costumbre, en una parrilla cerca de la playa. Visité a mi prima y a su pequeño Matías y charlé mucho con mi hermana. Mucho.


Dos de las tres mañanas que pasé en la costa, desayuné en un café a una cuadra de la costanera, bebiendo té verde y alfajores de chocolate. El lunes estuve con Fabricio y después del té bajamos a la playa. Arremangué mis pantalones y metí los pies en el agua espumosa. Él prefirió quedarse sobre la húmeda y firme arena. Caminamos más de dos kilómetros y hablamos de las mismas cosas que habíamos hablado la semana anterior cuando él me visitó en La Plata sin que eso hiciera mermar el entusiasmo.


Volví a La Plata con algo que no busqué.

Aquí encontré un nuevo telegrama. Esta vez no me convocaban a un nuevo control médico sino me intimaban a volver a trabajar.

Después de esto la salud quedó de lado y los abogados se hicieron presente. Ellos redactaron las dos respuestas que tuve que mandar en los días que siguieron. Entre insultos, improperios, soberbia y un arrebato de palabras soltaron la cifra que puedo ganar en un juicio, la seguridad de que voy a ganar el juicio y que, para tranquilidad mía, es un trámite antes que un juicio.

Sin embargo, cuando llegó el último telegrama, la garganta se me apretó y el estómago se anudó. Los abogados, por su parte y por su práctica, respondieron de la misma forma. En realidad, más breve, con otro telegrama de menos de treinta palabras.


Ahora me resta esperar.

30Abr/100

desperfecto

Por un nimio desperfecto técnico este sitio estuvo caído.

A partir de mañana la madeja de palabras que habitualmente trato de desembrollar estára repartida en este continente.

Archivado en: Devaneos Sin Comentarios
28Mar/100

gol de boca

Gary Medel entró solo en el área de river y le dio como venía. De un botinazo dejó la pelota girando en la red y al arquero hecho un estropicio. La defensa parecía la cuadrilla municipal, donde uno sólo trabaja y resto se limita a mirar. Martín, dejó de mirar el televisor y se quedó en silencio, movía la cabeza resignado y se limitó a decir “¡que muertos!” .Siguió mandando su mensaje de texto. Me acomodé en la cama de al lado y seguí mirando el partido en silencio. El gol fue bárbaro.

La cama de Martín es mucho más alta y está doblada a la altura de la espalda. Los parlantes del televisor emiten un sonido agrietado y estridente, a un costado hay una consola de juegos Play Station y una pilas de discos. Hace más de un mes que Martín está internado en el hospital de niños y el pelo se le volvió a caer. Dondo estaban las cejas quedó una sombra. Tiene leucemia y el autotransplante está dando buenos resultados. “En tres días”, me dijo, “el lunes, voy a estar en mi casa”. Sólo le quedan controles mensuales y seis años de medicación. “...empecé cuando tenía 15 con la enfermedad y tuve un par de recaídas”, me contó en el entretiempo del superclásico, “pero si dios quiere, ya se termina”.

Un jueves al mes, durante una hora y media visitamos el Hospital de Niños de La Plata, las salas de oncología y transplantes. Somos un grupo suficientemente numeroso como para cubrir todos los jueves del mes.

***

Dos horas antes debí cumplimentar, ante el médico de la empresa, la visita semanal consecuencia de tener una carpeta médica ambulatoria. Brindé, una performance precisa. La voz que se quiebra, la inestabilidad de las frases, una interrumpción abrupta de las oraciones y la declamación de torturas oníricas combinadas con hormigas en el culo. Y también la angustia: “tengo angustia.... no se como explicarlo”, con un delgado hilo de voz.

A pesar de la burla, de la fantasía que invento dentro del consultorio, la situación me tensiona lo suficiente como para, una vez afuera, sentado en el colectivo, respirar hondo y tratar de relajar el cogote. Bajé cerca de plaza Italia y me encontré mis cumpas de tesis. Charlamos dos o tres cositas administrativas y se burlaron, sin dejar de ser afables, de mi barriguita que está pronta a convertirse en barriga. Entregaron el plan de tesis, lo cual es una noticia genial. Jorgelina se fue rápido para ir a mirar el superclásico y Carolina volvió al trabajo. No pensé, mientras esperaba el colectivo, que vería el partido. Es más, ya lo había olvidado.

***

Después tuve la reunión de Carta Abierta donde seguimos discutiendo a Emir Sader y su visión de Latinoamérica. En la casa de Estela, un chalet modesto por fuera y petulante por dentro, la gran mayoría de los integrantes del grupo de discusión dieron su opinión. Yo preferí el silencio y la escucha, aunque pensaba en otras cosas. Pensaba en el brío de Martín, que después una hora me bastó para envidiar y me hizo olvidar la cara del médico del mercado, que cumplió a la perfección el papel de forro de la empresa.

Archivado en: Devaneos Sin Comentarios
25Mar/101

apologista

...esto no es una apología de la vagancia...

pero sí de la libertad.

no quiero ser reiterativo, pero la extrañaba.

Eso es todo

Archivado en: Devaneos 1 Comentario